El recientemente finalizado Congreso Futuro 2026, realizado en Chile entre el 12 y el 17 de enero, marcó un hito al celebrar los 15 años de este encuentro. Bajo el lema “Humanidad, ¿hacia dónde vamos?”, el evento volvió a confirmar que cuando la conversación sobre inteligencia artificial se pone seria, el foco deja de estar en la fascinación técnica y pasa a estar en nosotros. En esta edición, las intervenciones más potentes no giraron en torno a máquinas omnipotentes, sino a sus costos humanos, la concentración de poder y la fragilidad de nuestra convivencia social.
Si uno mira el conjunto, la idea más clara que dejó el congreso es que la IA es, ante todo, un espejo. Un espejo que expone desigualdades, precariedad laboral y sesgos que ya estaban ahí, pero que la tecnología ahora amplifica. Este diagnóstico no vino de una sola disciplina, sino de un coro que unió la computación, el derecho internacional, la economía digital y la filosofía.
Voces que desmitifican la «magia»
Entre los invitados internacionales de mayor peso, destacó la participación de María Elena Estavillo Flores, cuya charla sobre «IA, responsabilidad humana y destino colectivo» fue fundamental. Estavillo, referente en regulación y ética digital, cuestionó la narrativa de que la IA es un fenómeno autónomo. Su intervención recordó que no estamos ante un destino inevitable, sino ante una serie de decisiones políticas y económicas que hoy están concentradas en pocos actores.
Este punto conectó de forma directa con la presencia de Milagros Miceli, quien en la sección de «Nuevos conceptos, futuras realidades», volvió a desmantelar el mito de la automatización pura. Miceli recordó que detrás de los algoritmos hay una infraestructura de «trabajo fantasma»: personas en el Sur Global etiquetando datos y moderando contenidos en condiciones precarias. Su mirada obliga a preguntarse no solo cómo usar la IA en Chile, sino desde qué lugar del mundo la estamos entrenando y a qué costo social.
Responsabilidad y Justicia
Otra voz incisiva fue la de Nanjala Nyabola, quien participó en el bloque sobre (In)estabilidad global. Nyabola insistió en que los daños asociados a la tecnología —como la violencia digital o la erosión democrática— no son simples «bugs» o errores del sistema, sino consecuencias coherentes con la forma en que se ha diseñado el poder digital.
A esta crítica se sumó la solidez jurídica de Claudio Grossman, quien planteó que los derechos humanos deben ser la base moral y legal de cualquier desarrollo de IA. Su mensaje fue claro: la innovación no puede ser una zona liberada de responsabilidad; debe responder a los mismos estándares de justicia que exigimos en el mundo analógico.
El trabajo y la filosofía: los grandes debates de 2026
El valor de esta edición también residió en sus espacios especializados. La II Cumbre del Futuro del Trabajo contó con la participación de Mark Graham (Oxford Internet Institute), quien junto a expertos como Will Stronge y Anasuya Sengupta, situó a la IA dentro de una transformación económica más amplia. Evitando el simplismo de «¿qué empleos desaparecerán?», la cumbre se centró en qué tipo de trabajo estamos dispuestos a considerar digno en una economía gobernada por plataformas y sistemas automáticos.
Por su parte, la II Cumbre de Filosofía en el Teatro Municipal de Las Condes fue quizás el espacio más profundo de reflexión. Pensadores como Renata Salecl, Maurizio Ferraris, Ingrid Guardiola y Andrea Colamedici abordaron la pérdida de control cultural y político. Su advertencia fue existencial: el problema no es si las máquinas piensan, sino qué nos pasa a nosotros cuando delegamos nuestro criterio y nuestra imaginación en sistemas diseñados bajo incentivos puramente comerciales.
Conclusión: ¿A qué tren nos subimos?
El congreso dejó entrever tres grandes tareas:
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Desmitificación: Entender que la IA es energía, recursos y trabajo humano.
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Gobernanza: Regular y auditar sistemas que ya afectan derechos fundamentales.
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Responsabilidad cultural: No entregar nuestra capacidad de juicio ni nuestra empatía a cambio de eficiencia.
Tal vez por eso el tono general no fue apocalíptico, pero sí de una urgencia madura. La IA amplifica lo que ya somos. Si se construye sobre la desigualdad, amplificará la brecha. Si se orienta con sentido humano, podría abrir posibilidades reales.
Visto desde Chile, lo más valioso del paso de estas voces por Congreso Futuro 2026 fue sacarnos del hype. En lugar de preguntar solo cómo subirnos al tren del progreso, nos empujaron a preguntar: ¿Quién conduce este tren y quién está quedando amarrado a las ruedas? Esa, probablemente, fue la discusión más necesaria de todas.







